Alberto Montt: "La iglesia es una multinacional demasiado poderosa para fijarse en un payasito que hace dibujos"

Frente a u computadora, el autor de las Dosis Diarias juega a ser todopoderoso. El corazón y el cerebro, Dios y el Diablo. A sus ojos, el mundo se explica en dicotomías.

Alberto Montt navega en un barco romano en el que otros ilustradores como Linniers y los dibujantes de Marvel y DC reman juntos en el sótano. En Latinoamérica, el mercado de la ilustración es pequeño y las editoriales que apuestan por él, prácticamente suicidas.

Lejos de llevarlos al canibalismo editorial, el contexto los obliga a permanecer cohesionados.“Si no estamos todos unidos, se nos hunde el bote a todos”, replica.

¿Cómo empiezas a dibujar?
No puedes desligar al niño que empieza a hacer trazos del adulto que lo hace profesionalmente. Dibujé desde muy pequeño, como todos. Durante tdo el colegio lo hice y cuando salí quise estudiar algo relacionado a eso. Lo lógico era estudiar arte. Entré y lo odié con toda el alma, sobre todo esta grandilocuencia.

¿Las escuelas de arte no hacen bien su trabajo?
A título personal, lo que puedo decir es que el arte, como se vende hoy en día, no me emociona nada.

¿Qué percibes del arte?
Una tendencia muy snob y grandilocuente con discursos que terminan siendo vacíos. No son creíbles ni cercanos. El arte mismo ya no me emociona. Me gusta más ese arte que está vivo, que es casi artesanía. El arte callejero, la cocina, eso me llena mucho.

¿El dibujo no murió con tu salida de la escuela?
Luego entré a estudiar diseño y tampoco me gustó, pero me di cuenta de que todo lo resolvía con dibujos. Para mí era un lenguaje que trabajaba desde niño. En algún punto de este juego me di cuenta de que tenía una mano, una forma de resolver las cosas. El estilo para mí es un conjunto de incapacidades repetidas en el tiempo.

¿Qué tan grande es esta industria?
Tiene dos pata: el dibujo en general, desde Marvel y DC hasta el de moda. La otra es la literatura infantil. Siento que el nivel de la región es maravilloso. Lo que está mal es el mercado. Es tan pequeño, la gente consume muy poco. Yo creo que en Latinoamérica se produce mucho más de lo que el mercado puede recibir.

¿Y ustedes se canibalizan?
Todo lo contrario, si no estamos todos unidos, se nos hunde el bote a todos.

¿Qué hacen juntos?
Reuniones en ferias, presentaciones juntos, nos hacemos el prólogo. Siento que entre los ilustradores hay una relación que va más allá de la amistad y tiene que ver con la supervivencia. Somos conscientes de que el mercado es pequeño y si yo consigo un cliente, eventualmente lo tengo que fidelizar a mi mundo, no solo a mí.

¿Y qué papel cumplen las editoriales?
Hay editoriales y editoriales. Las clásicas no apuestan por la ilustración y otras se arriesgan y se la juegan por novelas gráficas. Hay otras que se juegan por completo y se la juegan solo por la gráfica y esas son las que están abriendo el mercado.

¿Es arriesgado?
Es un suicidio. Hay libros que sacas y en el mercado de Argentina, donde en Buenos Aires hay más librerías que en todo Brasil, sacas 3,000 ejemplares y a veces vendes 500.

¿De qué vive entonces un ilustrador?
Yo lo veo así: el ilustrador tiene el libro como merchandaising. Tú generas una marca. Somos un grupo de gente que trabaja para un nicho pequeño. Hay gente en Argentina que no conoce a Linniers. Dentro de este mundillo, hay gente que es muy fiel y te permite vivir.

¿El idioma es un problema para entrar al mercado anglosajón?
La idiosincrasia es una barrera. Hay una forma de ver el mundo que es distinta. Hay cosas que requieren que manejes un mecanismo de oferta distinto. No somos ventana, el público anglosajón no está viendo qué pasa en Latinoamérica.

¿Eso de que el mundo es más visual es una mentira?
No, es completamente verdad. Vivimos en un mundo más visual, pero es de una sola vía. Consumimos lo que se nos viene, pero no hay multitudes de ‘gringos’ viendo lo que pasa en Latinoamérica todavía. No es la corriente.

Tenemos una generación que a través de redes sociales ha democratizado la gráfica. Cualquier hijo de vecino toma algo, le pone su marca y gana millones. Al mismo tiempo vivimos en una sociedad que ha modificado su percepción de la calidad y al mismo tiempo es capaz de discernir entre la cultura pop, de consumir y botar, y un buen cómic por el que decide invertir. La gente que consume memes también está dispuesta a consumir productos de calidad.

Siempre usas personajes muy conocidos, ¿eso no te trae problemas de copyright?
No lo sé. Lo hemos hablado con Linniers y cada vez que trabajamos junto lo pensamos. Hay dos niveles: estoy usando a Spiderman para vender una camiseta y estoy usando a Spiderman para hacer crítica social. Lo uso como un símbolo. Si se les da la gana nos podrían meter un juicio, pero no hay intenciones de usufructuar con el personaje.

¿Es más fuerte ahí el uso del imaginario popular?
No es el personaje, te doy lo que representa en el imaginario popular y estoy jugando con la memoria emotiva. Ahora, si se ponen a perseguir a todos los que usamos a Spiderman, no les dará el tiempo.

Dios y el diablo, el cerebro y el corazón, ¿todas tus viñetas giran en torno a una dicotomía?
Sí, todas. O bueno, un 99%. Yo crecí en una sociedad muy polarizada que es Ecuador, donde el bien y el mal son entes absolutos. Si muere tu papá es un castigo divino. Entonces, tú te mueves en esa polaridad. Nunca es un producto de tus decisiones. Es la típica idiosincrasia del creyente apostólico – romano. Eres un peón en los designios de un entre supremo.

¿Te has metido en líos por eso?
No, la iglesia es una multinacional demasiado poderosa como para fijarse en un payasito que hace dibujos. Mi crítica hacia ella es absoluta. Siento que es una podredumbre total en la sociedad moderna occidental. No creo en Dios.

Pero en tus viñetas juegas a serlo…
Para mí, Dios y el Diablo como yo los uso, son símbolos de una forma de percibir la realidad. Cuando los uso no solo hablo de religión. Ya sabes qué carga tiene cada uno.

¿Llevas tus viñetas de lo social a lo político?
Tengo muchas viñetas que son muy políticas, lo que no tengo es algo de contingencia. No hablo del político determinado. No es lo que yo consumía de joven. Lo que más me gusta de Quino y Mafalda es que aún tienen vigencia. No me gusta hablar de que este político borró los murales en Lima, sino de la prepotencia humana. Ahí, entra el político que lo hizo.

Desde afuera, ¿cómo viste ese tema?
No se vio. Yo lo vi porque tengo mucho contacto con Perú, pero yo habría hecho un escándalo a nivel Latinoamérica porque es un atentado contra la libertad brutal. Es no saber decodificar el mundo como es ahora, no saber decodificar el arte como se está viviendo hoy en día. El tipo no borró el grafitti que mancha tu pared sino obras de arte. Lo veo como una muestra de violencia y una falta de cultura abominable.

¿Cómo ves el panorama de arte en Lima?
El arte hoy es un producto de consumo. Ya no es esa cosa llena de expresión de los artistas. Hoy el 90% del arte es un producto de consumo como cualquier otro. Desde esa perspectiva, el arte está creciendo en Lima.

¿Qué tanto te tienes que informar? ¿Quiénes son tus referentes?
Mientras trabajo, o escucho música o veo documentales. Mi cerebro tiene miles de cajones. Si algo golpea, se abren cajones y caen cosas inconexas.

¿Hay algo de lo que te dé miedo hablar?
Hay cosas que no me interesan. Lo que no hago es atacar. Hablo desde mí. No ando pensando en temas. Como no tengo a quién responderle, no me cuido.

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