¿El próximo líder de Argentina puede escapar del kirchnerismo?

Bajo la tutela de la familia Kirchner, Argentina pasó de ser un mercado emergente en recuperación a convertirse en un paria internacional.

Cristina Fernández de Kirchner. (Foto: Bloomberg)
Cristina Fernández de Kirchner. (Foto: Bloomberg)

(Bloomberg View).- Los resultados de la elección presidencial de la Argentina todavía estaban llegando el domingo a la noche cuando el candidato de la oposición Mauricio Macri levantó las manos bajo una nube de papel picado.

“Lo que pasó hoy muestra que la política de este país ya ha cambiado”, dijo el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, cuyo sólido segundo puesto sorprendió a los encuestadores y los expertos y fue una dura reprimenda a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. “El kirchnerismo”, señaló, refiriéndose al errático estilo de gobierno de la funcionaria saliente, “es historia”.

Todavía no. Macri aún debe ganar el balotaje del 22 de noviembre frente al sucesor elegido por Fernández, el gobernador de la provincia de Buenos Aires Daniel Scioli. Sin embargo, el hecho de que Macri recibiera un caudal de votos suficiente para forzar una segunda vuelta –y que la alianza de Fernández, el Frente para la Victoria, perdiera tanto su mayoría en el Congreso como la elección clave por la gobernación de Buenos Aires- indica que, tras doce años bajo una de las dinastías políticas más cáusticas del hemisferio, los argentinos ansían algo nuevo.

Que lo vayan a obtener es otra cuestión. Lo que importa no es el nombre del próximo presidente de la Argentina sino si la salida de Fernández significará el fin del kirchnerismo: una vertiginosa mezcla de ultranacionalismo, dirigismo económico y promesas populistas lanzadas desde el balcón, con la cual ni siquiera Scioli desea que lo asocien plenamente.

Bajo la tutela de la familia Kirchner, Argentina pasó de ser un mercado emergente en recuperación a convertirse en un paria internacional. Después de llegar al poder en 2003, Néstor Kirchner marcó el tono, arremetiendo contra las grandes empresas y suspendiendo los pagos a los acreedores. Cuando Fernández asumió la presidencia en 2007, en lugar de conciliar, redobló la apuesta a las disputas de su marido, sumando a los grandes productores agrícolas a sus enemigos.

Golpeada, pero incólume, por la muerte de Néstor en 2010, Fernández volvió a chocar con el campo, nacionalizó compañías extranjeras, hostigó a los periodistas críticos e invocó una polémica ley para abogar por el desmembramiento del Grupo Clarín, un conglomerado de medios. Cuando la suerte del país cambió para peor, se volvió contra los enemigos de adentro y de afuera. Los fallos favorables a los “fondos buitres”, acreedores que se negaron a aceptar una fuerte quita de su deuda, obligaron a la Argentina a litigar en los tribunales internacionales durante la última década.

Un gasto social agresivo puede haber ayudado a contrarrestar la aspereza del kirchnerismo. Gracias al impulso del auge mundial de las materias primas, la economía argentina creció a un promedio de casi 8 por ciento anual entre 2003 y 2012. Fernández destinó gran parte de esas ganancias inesperadas a solventar generosos subsidios al consumo y aumentos de salarios, gastos que continuaron incluso cuando la economía comenzó a venirse abajo en 2014.

Sea quien sea el candidato que asuma la presidencia el 10 de diciembre, tendrá que vérselas con una economía que se acerca a la recesión, una inflación del 25 por ciento, el brusco aumento del déficit público y reservas de divisas del nivel más bajo en nueve años. Casi el 29 por ciento de los argentinos vivían en la pobreza el año pasado, por encima del 25 por ciento del 2011, de acuerdo con un estudio de la Universidad Católica Argentina.

En consecuencia, no es de sorprender que los principales contendientes en las elecciones del domingo se preocuparan por distanciarse en diverso grado del despilfarro kirchnerista. Eso incluye a Scioli, que dio señales de que controlaría el gasto y se sentaría a negociar con los tenedores de bonos descontentos.

Al país no le vendría mal algo de frugalidad. El gasto insostenible y los subsidios sin fondo fueron la norma bajo los Kirchner: se calcula que 12 millones de consumidores pagan sólo 35 pesos por mes por la electricidad –el precio de un café doble con leche-, dijo el principal asesor económico de Scioli, Miguel Bein.

La gente tampoco sabía lo mal que estaba la economía, dado que manipular las estadísticas fue una práctica habitual. Macri dedicó gran parte de su campaña a hablar sobre cómo rescatar al instituto nacional de estadística, Indec, cuyos datos inexactos de inflación y crecimiento le valieron al gobierno de Fernández una moción de censura del Fondo Monetario Internacional.

Sin embargo, lograr que los argentinos acepten que los días de un gasto social generoso deberían estar contados no será fácil. Una encuesta reciente reveló que, si bien la mitad de los argentinos desaprobaba el gobierno de Fernández, el 35 por ciento estaba a favor de un “cambio con continuidad” y otro 27 por ciento quería más de lo mismo.

Este es el desafío que aguarda al próximo presidente de la Argentina, atrapado entre la emergencia económica y la tentación populista. Macri podría ser la mejor apuesta que haya tenido el país en años para cambiar el guión kirchnerista.

Pero primero debe convencer a los votantes de que pondrá fin al costoso punto muerto a que se ha llegado con los acreedores y de que prometer a los argentinos beneficios que el país no puede financiar no es una forma de volver a la solvencia y el crecimiento: es sólo retórica desde un balcón.

Por Mac Margolis

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