América Latina y sus ciudades desiguales, peligrosas y frágiles. Pero eso puede cambiar

A pesar de que la reducción de la pobreza fue una prioridad para muchos gobiernos, América Latina alberga 10 de los 15 países más desiguales del mundo. ¿Qué hacer al respecto?

La mayor parte de la urbanización de América Latina está ocurriendo tras bambalinas. (Foto: Reuters)

Por: Redacción Gestion.pe

América Latina es una de las regiones más urbanizadas del planeta. Tres de sus mega-ciudades están entre las más grandes del mundo: Buenos Aires, México y Sao Paulo. Extensas metrópolis como Bogotá, Lima y Río de Janeiro no se quedan atrás. Estas ciudades son complejas, competitivas y dinámicas. Muchas ciudades de América Latina también sufren de lo que algunos estudiosos llaman “periferialización”, pues son fragmentadas, segregadas y excluyente. En una palabra, son frágiles.

La mayor parte de la urbanización de América Latina está ocurriendo tras bambalinas. Además de las ciudades y aglomeraciones masivas en las costas del Atlántico y del Pacífico de América Latina, hay otras 310 ciudades con más de 250,000 habitantes y otras 16,000 ciudades más pequeñas. Hoy en día, el 82% de la población vive en ciudades. Cerca del 93% de los venezolanos, 92.5% de los argentinos y uruguayos, 90.6% de los brasileños, y el 89.3% de los chilenos ya viven en ciudades.

El traslado a la ciudad se produjo a una velocidad impresionante. En 1950 había 69 millones de personas viviendo en ciudades y para el 2025 se espera que lleguen a 575 millones. El centro de gravedad económica también se ha desplazado a las ciudades, con al menos dos tercios del PBI de la región basado en los servicios y la industria en las áreas urbanas. Sin embargo, los dividendos de la urbanización no se han distribuido por igual.

El lado más oscuro de la urbanización.
A pesar de que la élite ha salido bien librada de la revolución urbana de América Latina, los pobres siguen luchando por tener acceso a servicios básicos, como seguridad, transporte público, agua y saneamiento. Las ciudades de América Latina son las más desiguales del planeta: unos 111 millones de los 588 millones de habitantes de la región viven en barrios pobres. A pesar de que la reducción de la pobreza fue una prioridad para muchos gobiernos, América Latina alberga 10 de los 15 países más desiguales del mundo.

Lo que es más, en el 2015 la región registró 47 de las 50 ciudades con más asesinatos en el planeta. Ciudades en El Salvador, Honduras, México y Guatemala estaban liderando dicho ranking. Mientras tanto, Brasil tiene 32 ciudades en la lista, la mayoría de ellas agrupadas a lo largo de la costa norte y este del país. Hay fuertes indicios de que la violencia letal continuará creciendo en las ciudades de América Latina, en contraste con casi todos los demás sitios. No es sorprendente que los habitantes urbanos señalen a la inseguridad como su prioridad absoluta.

Muchas ciudades de América Latina sufren de una serie de riesgos que contribuyen a su fragilidad y las más susceptibles no son necesariamente las grandes ciudades, sino las de crecimiento rápido. Como muestra una nueva visualización de datos sobre ciudades frágiles, Buenos Aires, México y Sao Paulo tienen tasas de crímenes violentos que están por debajo de la media nacional. Sin embargo, aquellas ciudades que crecen por encima del 4% anual – como San Pedro Sula (Honduras), Lagunillas (Venezuela), Villavicencio (Colombia), Santa Cruz (Bolivia) y Ciudad del Este (Paraguay) – tienden a experimentar tasas desproporcionadamente altas de homicidio.

Otros riesgos de fragilidad urbana incluyen débiles instituciones encargadas de proveer seguridad y justicia, el desempleo juvenil y sobre todo la desigualdad social y de ingresos. Por ejemplo, ciudades como San Juan, Santo Domingo, Salvador y Puerto Príncipe registran tasas de desempleo que van desde 14% a 49%. Mientras más desiguales sean las ciudades, habrá tasas de violencia más altas.

A pesar de que la desigualdad ha disminuido en toda la región, el progreso se ha estancado. El Banco Mundial y SEDLAC detectaron hace poco retrocesos en la desigualdad en algunas partes del triángulo norte de América Central y la región andina, precisamente en ciudades donde el crimen y la violencia está en alza. Una inversión dirigida y destinada a reducir la violencia es un factor fundamental para revertir la fragilidad.

Soluciones innovadoras para enfrentar el desafío.
La noticia no es del todo mala. Hay algunos ejemplos prometedores en toda América Latina de gobiernos – especialmente autoridades municipales – que están “incubando” nuevos enfoques para erradicar el crimen violento. Muchos de ellos están adoptando enfoques basados en datos para mejorar la seguridad pública. Sus éxitos no son casuales ni accidentales.

Ellos no están consiguiendo resultados al reforzar la policía, aumentar las penas o construir más cárceles, sino al experimentar con enfoques preventivos, replicando innovaciones y maximizando el éxito. Hay varias prioridades para las ciudades latinoamericanas – especialmente para las más pequeñas y medianas.

En primer lugar, los programas y políticas de seguridad ciudadana deben estar basadas en datos. Sorprendentemente, menos del 6% de las medidas de seguridad ciudadana y justicia aplicadas en toda América Latina y el Caribe tiene alguna base probatoria.

Aun así, hay ciertas medidas específicas –disuasión enfocada, terapia cognitiva, intervenciones en la infancia– que pueden generar dividendos positivos de prevención del delito. Hay otras actividades populares –policía comunitaria, recompra de armas, programas de abstinencia exclusiva– que son menos eficaces para reducir la violencia. La movilización de evidencia sólida para dirigir las intervenciones es una condición necesaria para el éxito.

En segundo lugar, enfoque esfuerzos y recursos en lugares, personas y comportamiento muy específicos. Esto se debe a que la violencia criminal es a menudo pegajosa. Alrededor del 50% de la violencia homicida en las ciudades tiene lugar en menos del 2% de las direcciones de domicilio. A menudo, solo un pequeño número de personas están en mayor riesgo de cometer o ser víctima de un delito en determinados barrios. Cerca del 0.5% de la población es responsable del 75% de los homicidios. Si el objetivo es la prevención del delito en la ciudad, las actividades de composición abierta basada en la comunidad son el camino equivocado. Por el contrario, las actividades coordinadas con énfasis en políticas orientadas a problemas y puntos críticos deben ser implementadas diligentemente, de manera muy específica y con recursos adecuados.

En tercer lugar, debemos explorar cuidadosos experimentos para la despenalización y regulación de las drogas. Un “mundo libre de drogas” es una ficción. Regulación no es lo mismo que legalización. Hay una enorme gama de opciones que se encuentran entre la prohibición absoluta y la legalización. Los alcaldes de las ciudades están experimentando con la despenalización del consumo, con enfoques basados en la prescripción y reducción de daños, una estricta regulación del mercado, una regulación flexible, e incluso la promoción comercial. Hay diferentes maneras de prácticamente hacer disponibles las drogas de una manera controlada, incluyendo la prescripción médica, ventas en las farmacias, ventas de licencias y locales con licencia, cultivo personal y cooperativas de usuarios, e incluso proveedores sin licencia.

En cuarto lugar, tomar medidas para reforzar la cohesión social y mejorar las condiciones sociales y económicas subyacentes en zonas marginales específicas. Aunque es difícil, el fomento de lazos fuertes y un sentido de responsabilidad mutua es un paso crítico en la mejora de la seguridad. Esto significa inversiones reales en la mejora de los bienes públicos tangibles y la restauración de la capacidad de recuperación del estado. Buenos ejemplos de esto incluyen un transporte público predecible, mejoras en las condiciones de vivienda y de vecindad en lugar de la reubicación de poblaciones, e incluso las transferencias de efectivo condicionales y el apoyo a los padres solteros.

Por Ilona Szabó de Carvalho y Robert Muggah de Igarapé Institute.