The Economist: Más que PBI

El aumento del ingreso no es la única medida del progreso económico. Cuando el PBI global crece rápido, los analistas se regocijan y su único temor es que la expansión se ralentice.

El ingreso no es lo único que importa.

Por: Redacción Gestion.pe

De la edición impresa

¿Para qué sirve la teoría económica? A menudo, parece que su objetivo es hacer más rico al mundo. Cuando el PBI global crece rápido, los analistas se regocijan y su único temor es que la expansión se ralentice.

Pero como estamos en la temporada en que lo inefable suplanta a lo material (y viceversa para la mayoría), al menos para los cristianos devotos, es una buena oportunidad para reflexionar si la maximización del ingreso debe ser la única y definitiva política económica.

Pocos consideran que un ingreso elevado es un fin en sí mismo —con la notable excepción de Ebenezer Scrooge, el “avaro, desalmado, codicioso y retraído” antihéroe de “Un cuento de Navidad”, de Charles Dickens—, aunque sí percibimos que el ingreso ayuda a la gente a tener vidas más confortables.

En efecto, los habitantes de los diez países más ricos del mundo tienen una esperanza de vida que es 25 años mayor que en los diez más pobres. Quienes tienen más dinero pueden pagarse una mejor educación, actividades de ocio más variadas y alimentos más saludables, todo lo cual mejora la calidad de vida.

Sin embargo, el ingreso no es lo único que importa. Un artículo de investigación publicado en 1999, de William Easterly, catedrático de la Universidad de Nueva York, utilizó data desde 1960 a 1990 para evaluar cuán cercana era la correlación entre el crecimiento económico y 81 indicadores de calidad de vida. El científico halló que aquel solo fue superior a 32 de esos indicadores (entre ellos, los cambios tecnológicos y de las costumbres sociales).

Una encuesta realizada en 43 países, publicada el 30 de octubre, encontró que la gente en los mercados emergentes está muy cerca del nivel de satisfacción con sus vidas que quienes habitan los países ricos.

Buscando otras mediciones
Si el ingreso es un aproximado imperfecto de la calidad de vida, ¿existen alternativas plausibles? En años recientes, muchos se han enfocado en la felicidad. Desde el 2012, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) publica un “Informe anual de la felicidad mundial” y todos los años el gobierno de Reino Unido mide el “bienestar personal” en todo el país.

Pero la felicidad tiene sus propias deficiencias, sostiene Martha Nussbaum, de la Universidad de Chicago. Si bien para Scrooge era fácil contar su fortuna, la felicidad es más difícil de determinar. Es que las personas son proclives a lo que los filósofos llaman “preferencias adaptativas”, es decir, que pueden tener dificultades para informar sobre su “verdadera” felicidad.

“Tiny Tim” Cratchit, el insoportablemente piadoso héroe de la novela de Dickens, no debería ser feliz: es inválido y extremadamente pobre. En contraste, Scrooge, a pesar de su fabulosa riqueza y buena salud (dejando de lado las alucinaciones que sufre en Nochebuena), tiene una vida miserable, pero sería raro concluir que el buen Tiny Tim la pasa mejor.

Si medir la felicidad es tan difícil, ¿qué más podrían analizar los economistas? Amartya Sen, de la Universidad de Harvard, señala que lo indicado son las “capacidades”. La definición de este término es un tanto difusa: en su forma más simple, una capacidad es algo que las personas tienen motivos para valorar.

La lista de capacidades potencial es interminable: la oportunidad de vivir una vida larga y saludable, la libertad de participar en la vida política o estar bien alimentado. Sen dice que las capacidades son los fines que los economistas deberían esforzarse en maximizar y que el ingreso es solamente uno de los muchos medios para lograrlo.

¿Y qué capacidades debe maximizar una sociedad? A algunos les preocupa que este enfoque sea profundamente paternalista y que los gobiernos sean quienes decidan qué es lo mejor para sus ciudadanos. Los teóricos más importantes han reforzado esa percepción: Nussbaum va incluso más lejos y recomienda “diez capacidades centrales” que son esenciales para una buena vida. Para los economistas, que tienden a ser amantes de las libertades, esto es controversial.

Pese a ello, este enfoque podría ser menos reaccionario de lo que parece, ya que insistir que el PBI es la verdadera medida del progreso económico también es un juicio de valor. Es más, de acuerdo con Sen y Nussbaum, la gente debe poseer la libertad de seleccionar qué capacidades perseguir.

La libertad de elección tiene un impacto sobre el bienestar; si se brinda a las personas capacidades adecuadas, lo que al final decidan hacer se vuelve menos importante. Por ejemplo, alguien que decide no acudir a una cena de Navidad con familiares y amigos (como lo hace Scrooge), está mejor que alguien que no puede rechazar una invitación porque no ha recibido ninguna, aunque ambos parezcan encontrarse en la misma situación. No es una necesidad asistir a una cena de Navidad, pero para muchos es muy importante.

Vida, libertad y capacidades
Medir las capacidades puede ser más difícil que medir el PBI o la felicidad, aunque existen aproximaciones aceptables. Un país con alta esperanza de vida probablemente ofrece a sus ciudadanos un buen cuidado de la salud y ayuda resguardarlos de la contaminación, lo cual les facilita vivir una vida prolongada y saludable.

En contraste, un país donde las niñas no pueden asistir al colegio o a las mujeres se les tiene prohibido conducir autos, está presumiblemente fallando en brindarles la oportunidad de una plena participación en la vida civil.

Algunas mediciones del éxito económico utilizan esas estadísticas. El Índice de Desarrollo Humano del Programa de de la ONU para el Desarrollo (IDH), que Sen ayudó a elaborar en 1990, no solo toma en cuenta el ingreso sino la esperanza de vida y la escolaridad como elementos del desarrollo.

Por ejemplo, si se considera el PBI per cápita, Noruega es el sexto país más rico del mundo, pero es el primero en el IDH. El 10 de diciembre, la ONU presentó su versión más reciente del “Índice de riqueza inclusiva”, que valora en términos del dólar indicadores como educación y salud.

Sin embargo, no es más fácil desarrollar capacidades que incrementar el ingreso. Bután, donde el concepto es parte de la política gubernamental, todavía no se ubica en un puesto alto en el IDH. Además, el enfoque de las capacidades ha generado tantas mediciones, cada una más complicada que la anterior, que el PBI ha vuelto a verse atractivo: ¿qué otro número puede brindar una aproximación apropiada de la calidad de vida?

Con todo, al final de “Un cuento de Navidad”, hasta Scrooge se da cuenta de que existen cosas más importantes en la vida que el PBI.

Traducido para Gestión por Antonio Yonz Martínez.